Un día diferente en Isla de Pascua

Un día diferente en Isla de Pascua

En medio del Océano Pacífico Sur, a más de 3000 km de la costa de Chile, se encuentra una de las islas más remotas del mundo: Isla de Pascua. Sus primeros ocupantes fueron navegantes polinesios que llegaron alrededor del año 1200 y los holandeses recién la descubrieron por el 1700 (casualmente el día de pascuas, de ahí su nombre). Con los barcos, llegaron las ratas polinesias, que junto a la tala para leña y los nuevos cultivos, deforestaron prácticamente toda la isla. La flora y fauna es escasa y poco atractiva.
Hoy en día Rapa Nui (el nombre en polinesio) tiene un poco más de 7.500 residentes permanentes, que se dividen entre descendientes de los primeros aborígenes y chilenos continentales, concentrados en Hanga Roa en la costa oeste de la isla y viven principalmente del turismo.
Las nuevas rutas aéreas transpacíficas que conectan América del Sur con Oceanía han facilitado el arribo de hasta 100.000 turistas al año que deben pagar USD $80/pp (2018) para acceder al Parque Nacional Rapa Nui (la mayor parte de la isla que no está habitada por locales). ¡Se encuentran avisados!
Nosotros decidimos alquilar una pick up y dividimos el gasto con un trío de amigos venezolanos que conocimos a través de couchsurfing. Así, nos dispusimos a pasar las siguientes 24 horas recorriendo la isla.
Nos instalamos en nuestro airbnb y salimos a recorrer la isla. La atracción principal son los moais, las famosas y gigantescas estatuas de piedra volcánica talladas por los nativos.

Representan el Moai Aringa Ora, “el rostro vivo de nuestros ancestros” y se las colocaba para recordar a familiares difuntos y hacer que canalicen el mana, la energía fundamental, hacia la protección de la tribu y sus cosechas.
Hay alrededor de 900 moais por toda la isla, y van desde los 3 hasta los 15 metros de altura y pesan de 2 a varias decenas de toneladas.
Pasamos la primera tarde en Ahu Tahai, donde se puede ver caer el sol por detrás de una plataforma con varios moais ubicados sobre ella. ¡Qué mejor que disfrutarlo con una cerveza local y una típica empanada gigante de atún!

La siguiente mañana madrugamos para acercarnos a Ahu Tongariki, y ver un amanecer espectacular con las 15 enormes estatuas iluminándose con las primeras luces del día. ¡Es algo que vale la pena ver!

Cerca de allí se encuentra el Rano Raraku, el volcán que los nativos utilizaron como cantera para construir estos monumentos. Lo interesante de recorrer esta zona es aprender cómo hicieron para tallarlos, directo sobre el costado del volcán y una vez terminados se los desprendía y se los trasladaba varios kilómetros hasta donde se los instalaba. Hay varias teorías sobre cómo realizaban el traslado y la instalación, ninguna con pruebas determinantes, pero todas de un esfuerzo inimaginables.

Por el camino fuimos frenando por varios Ahus (plataformas) y moais distribuidos por el camino como Ahu Akivi que tiene 7 moais que miran hacia el mar. Estos se suponen representan a los 7 viajeros polinesios que descubrieron la isla y miran hacia el mar, románticamente esperando la vuelta a casa.

Para el mediodía llegamos a Ahu Nau Nau, en la playa Anakena, la única de arena blanca que tiene la isla, con sus 7 moais muy bien conservados, incluso con su pukao, el gorro rojo característico que representaría su pelo recogido.

Disfrutamos la tarde visitando Te Pito Kura, el sitio más alejado de la cantera de Ranu Raraku y el Te Pito o Te Henua, literalmente “el ombligo del mundo” con una piedra circular y lisa que posee una energía magnética especial. El volcán Rano Kau y la aldea ceremonial de Orongo fueron los últimos destinos del día.

Allí se llevaba a cabo el ritual del hombre-pájaro, una especie de carrera para llegar al primer huevo del manutara (un ave endémica). En Orongo se puede aprender un poco más sobre la cultura ancestral y sus técnicas, como así en el museo antropológico.
Si sabes bucear, puede sumergirte en las frescas aguas alrededor de la isla y encontrar al misterioso moai sumergido, algo que debe ser único de ver.

Nuestro último atardecer lo volvimos a pasar en Ahu Tahai, disfrutando otra cerveza helada y rememorando entre risas el hermoso día que llegaba a su fin.
A pesar de encontrarse en uno de los lugares más remotos del mundo, esta pequeña isla llena de historia y con una civilización que se perdió por guerras entre tribus: ¡Es una excelente escala que no deberías pasar por alto!

Escribe: @mochileroyriñonera



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